Ya paró la garúa
María cosía en mi taller desde hacía casi un año, pero prácticamente nunca habíamos intercambiado palabra. En esos meses yo me sentía agobiada por las deudas. La venta había bajado mucho desde la pandemia y las tarjetas me reventaban con intereses que se multiplicaban como piojos.
Al finalizar la jornada me preguntó si la podía llevar en mi auto a su casa. Me crispé, pero se la veía tan pálida y frágil que, inmediatamente, me sentí culpable.
Lloviznaba.
Mientras yo cogía las llaves, me explicó que ella sufría de rinitis alérgica, por lo que una simple garúa podía enfermarla. Me comentó que tenía la nariz rota y que eso empeoraba los síntomas.
En las calles se había desatado el caos. Según nos contó el policía de tránsito, el conductor de una moto había andado a exceso de velocidad, y como el asfalto siempre se pone baboso con las primeras aguas, no había podido frenar a tiempo, por lo que se había estrellado contra un auto; en consecuencia, éste último había patinado hasta darse con fuerza contra un poste de luz. Nos habían detenido para que pasara primero la ambulancia, y luego, la grúa. El policía pedía a los conductores que no se bajaran de sus automóviles, pues la mayoría quería acercarse a ver, a confirmar si había algún muerto. El semáforo pasaba de verde a amarillo, de amarillo a rojo, de rojo a verde, y todo daba igual, seguíamos estancados entre el alarido interminable de la sirena y el quejido sordo de las plumas que removían, momentáneamente, las gotas que se instalaban en el parabrisas.
– Ahora tengo la nariz ancha, pero no siempre la tuve así – dijo, de pronto, María.
Se miraba en el espejo del visor, y se tocaba la nariz como si fuera la primera vez que la estuviera viendo. Alguien me pitó, yo pité más fuerte, pero María parecía envuelta en la bruma de la tarde. Continuó hablando para sí, como hacía en el taller desde que comenzaba a enhebrar la aguja, como si sus palabras comenzaran a coser su relato.
– A los siete años, muchas personas se me acercaban y me decían que qué bonita esa niña, que qué nariz tan finita. Entonces, mi hermano de crianza se enojó, se puso envidioso. Un día, estábamos en la sala con mi hermana y él nos tiró la mesa encima. A mi hermana le cayó en la barriga, y a mí en la nariz. Yo me acuerdo que mi papá gritaba: “¡Se muere mi hija, cójanle la nariz!”, y luego perdí el conocimiento. Dicen que estuve 24 horas dormida. Ya mismo me velaban. Cuando desperté, mi mamá estaba junto a mí, y lloraba. Desde ahí me quedó la nariz gruesa. Si la mesa no caía también sobre la barriga de mi hermana, mi hermano de crianza me hubiera matado con ese golpe. Pero no sucedió.
Tuve una infancia bien triste. Mis padres todavía vivían juntos cuando mi madrastra vino a mi casa con sus dos hijos, mis medio hermanos, pero de crianza nomás, no eran hermanos ni de madre ni de padre. Mi madrastra persiguió a mi madre con un cuchillo y la arrinconó debajo de una mesa. Mi madre logró escapar y salió corriendo a casa de un tío. Mi madrastra la persiguió con una escopeta. Luego, mi madrastra nos dijo que a mi madre la había atropellado un carro, y que había muerto.
A los dos años, mi mamá regresó. No la reconocimos. Ella nos decía que era nuestra mamá, pero nosotros le decíamos que no, porque además se la veía diferente: estaba más gordita y como bonita. Cuando se fue era bien flaca y parecía viejita, estaba muy maltratada. Mi mamá nos dijo: “No mijitas, miren, sí soy yo, soy su mamá”, y nos mostró su cédula. Poco a poco le creímos. Pero mi padre era ciego por mi madrastra, y no regresó con mi mamá. Entonces mi mamá se fue a trabajar a Guayaquil y nos mandaba cositas. Pero mi madrastra les daba esas cositas a nuestros hermanos de crianza.
Tuve una infancia bien triste, pero me veían como a una niña feliz. Yo me refugié en la Biblia. Trabajé en la iglesia y hacía mucho el trabajo de misionera. Tenía otros niños a mi cargo. La primera vez que entré, las personas mayores me criticaron. Dijeron: “A esta la trajo la corriente del niño”. Me criticaron porque era muy niña. Pero luego de que me subieron al podio, hice la lectura de la Biblia y expliqué el sermón, se sorprendieron. Dijeron: “¡Pero ve esta niña, sí sabe!”. Y me dejaron de criticar. Luego me vine a Guayaquil y los niños se pusieron tristes de que yo me fuera.
Mi madrastra dejó a mi padre cuando ya él se hizo mayor y no tenía tanto dinero en el bolsillo. Ella se fue de la misma manera que entró, destruyendo otro hogar. Ahora sé que ella está sola y tiene una vida desordenada. Yo no le deseo mal, pero sí ha recibido golpes. Se le murió un hijo. Me contaron que lloraba sobre el ataúd como si se le fuera la vida. Luego su hija tiene un problema de tiroides, y si uno le habla, es como si ni le hablara, porque ella no mira y no contesta. Tampoco quiere a su madre. Y mi hermano de crianza, el que me tiró la mesa, claro que eso fue cuando éramos niños, como que tenía la maldad en la sangre, pero no era su culpa, yo no lo odio, eso quedó en el pasado, bueno, ahora es alcohólico, no es feliz.
Yo lloro por mis hermanos de crianza, pero no puedo hacer nada. Ellos tienen vidas tristes y odian a su madre, mi madrastra. No hay peor castigo para una madre que ése: que sus hijos la odien.
Mi madrastra era mala, pero yo la perdoné porque no vale vivir con rencor. Eso quedó en el pasado, y no vale estar amargado en el presente por cosas del pasado. Yo le digo a mi hermana que deje el rencor por mi madrastra, que no odie a nuestros hermanos de crianza. Pero ella se acuerda de lo malo. Era mayor que yo. Se le hace más difícil.
- ¡Pase, pase, pase!
Los gritos del policía de tránsito me espabilaron. Se estaba despejando el camino y pudimos avanzar. No tardamos mucho más en llegar hasta su casa.
María se despidió de mí con una sonrisa:
– Bueno, niña, me bajo, gracias por traerme.
Al abrir la puerta, alzó la mirada y dijo, feliz:
- ¡Mire, mire, ya paró la garúa!

Breve y pintoresco relato que muestra cómo una acción desencadena otra acción y se van sucediendo eventos que llevan a un ayer y de alguna manera se correlacionan: y así sucesivamente tejen una historia que finaliza con la suave garúa.
ResponderEliminarMariella nos muestra hábilmente un bello relato donde lo cotidiano se connstruye yventrelaza con emociones de distintos personsajes.
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